El agua sin rey: lo que los canales precolombinos cuentan sobre la cooperación
Sin rey ni cacicazgo, pueblos precolombinos domaron crecidas y sequías solo mediante la cooperación. La Mojana, los Andes, Nazca, el lago Texcoco.

Un río que se desborda nunca ha esperado que se le pida permiso. En el norte de la actual Colombia, poblaciones instaladas mucho antes del apogeo de los aztecas y los incas aprendieron sin embargo a negociar con él, sin emperador que diera las órdenes y sin ejército de funcionarios que vigilara las obras.
La Mojana, una red sin cacicazgo
En La Mojana, arqueólogos han reconstituido recientemente la magnitud de una red agrícola de más de dos mil años de antigüedad. Canales y parcelas elevadas se extendían a lo largo de casi quinientas mil hectáreas, una superficie que produce vértigo al compararla con la del Gran Cañón. Durante la temporada húmeda, las parcelas elevadas ponían los cultivos fuera del alcance de las crecidas. Durante la temporada seca, los canales redistribuían lentamente el agua acumulada hacia las viviendas, y servían de paso para la pesca.
Durante mucho tiempo se supuso que una obra así exigía un cacicazgo poderoso, capaz de movilizar a miles de brazos. Las imágenes satelitales contaron otra historia. En una zona de quinientas hectáreas estudiada en detalle, los investigadores catalogaron más de mil seiscientos montículos y una sesentena de plataformas de vivienda. Cruzando estos datos con la geología local y las técnicas disponibles en la época, estimaron que una comunidad de unos ochocientos trabajadores, hombres, mujeres y probablemente niños incluidos, habría bastado para completar el conjunto en dos meses. Ni palacio ni templo central para afirmar una autoridad. Una cooperación local, organizada a escala de aldea.
Las terrazas de los Andes
Lo que revela La Mojana no es un caso aislado en el continente. Más al sur, en los Andes, los incas esculpieron andenes, esas terrazas escalonadas que todavía hoy trepan por las laderas del Perú. Cada nivel retenía la tierra, ralentizaba el agua de lluvia, creaba un microclima propio a cada altitud. Se cultivaba el maíz más abajo, la patata más arriba, casi piso por piso, como si la propia montaña hubiera sido reeducada para alimentar a más gente de la que habría podido sola.
Los puquios de Nazca
En la costa árida del Perú, la cultura Nazca excavó los puquios, galerías subterráneas en espiral que iban a buscar el agua de las capas freáticas muy por debajo del desierto y la devolvían a la superficie sin que se evaporara una sola gota bajo el sol. Algunos de estos conductos siguen funcionando, mantenidos por los agricultores de la región, casi dos mil años después de su construcción.
Las chinampas del lago Texcoco
Y en el corazón de lo que más tarde sería el imperio azteca, en el lago poco profundo de Texcoco, los cultivadores inventaron las chinampas, islotes artificiales tejidos con juncos y cubiertos de barro fértil, anclados al fondo del lago mediante sauces. Cada parcela flotaba casi, rodeada de agua por todos lados, irrigada permanentemente sin que hubiera que pensarlo. Algunas chinampas todavía alimentan hoy a Ciudad de México, en el barrio de Xochimilco, cultivadas por familias que perpetúan un gesto de varios siglos de antigüedad.
Una cooperación antes que una autoridad
Lo que une a estos cuatro sistemas, más allá de su ingenio, es la manera en que resolvieron un problema sin apoyarse nunca únicamente en una autoridad venida de arriba. La coordinación nacía del uso compartido del agua misma, de la necesidad de entenderse para que el vecino de abajo no careciera de agua cuando el de arriba ya había tomado su parte. Fernando Montejo Gaitán, investigador del Instituto Colombiano de Antropología e Historia y coautor del estudio sobre La Mojana, lo formula sin rodeos, las poblaciones locales pueden necesitar recursos procedentes del Estado, pero no necesariamente su intervención directa para organizarse.
La cuestión desborda ampliamente la arqueología. Las regiones concernidas, La Mojana a la cabeza, afrontan hoy las mismas alternancias de crecidas y sequías que sus antepasados, con medios a menudo más escasos para responder a ellas. Redescubrir que ya existieron soluciones duraderas, sostenidas por la cooperación local antes que por grandes obras estatales, abre una vía concreta para las comunidades que hoy buscan vivir con el agua en lugar de contra ella.
Viajar por estas regiones con esta mirada cambia lo que se ve en ellas. Una terraza andina deja de ser un simple decorado de postal, se convierte en la huella de una decisión colectiva tomada hace siglos y todavía respetada por quienes la cultivan. Un canal medio cegado en Colombia cuenta menos una ruina que un método que podría reaprenderse.
Otro continente, otra época, la misma pregunta planteada al agua y a la cooperación humana.
Preguntas frecuentes
La Mojana se sitúa en el norte de la actual Colombia. Una vasta red de canales y parcelas elevadas cubría allí casi quinientas mil hectáreas, protegía los cultivos de las inundaciones durante la temporada de lluvias y redistribuía el agua hacia las viviendas en la temporada seca.
Los incas esculpieron terrazas escalonadas llamadas andenes en las laderas de las montañas andinas. Cada nivel retenía la tierra y ralentizaba el agua de lluvia, lo que creaba un microclima propio a cada altitud y permitía cultivar el maíz más abajo y la patata más arriba en una misma montaña.
Los puquios son galerías subterráneas en espiral excavadas por la cultura Nazca en la costa árida del Perú. Iban a buscar el agua de las capas freáticas muy por debajo del desierto y la devolvían a la superficie sin que se evaporara una gota, algunos conductos siguen funcionando hoy.
Una chinampa es un islote artificial tejido con juncos y cubierto de barro fértil, anclado al fondo de un lago poco profundo mediante sauces. Los cultivadores aztecas construyeron chinampas en el lago Texcoco, y algunas siguen alimentando hoy a Ciudad de México, en el barrio de Xochimilco.
Los investigadores estimaron que una comunidad de unos ochocientos trabajadores habría bastado para construir la red de La Mojana en dos meses. Esta mano de obra relativamente reducida y cooperativa no necesitó un cacicazgo jerarquizado para organizar la obra, la coordinación se apoyaba en el uso compartido del agua misma.

